(...) 'En la poesía de Collins planea una especie de conciencia trascendida de los pequeños paraísos terrenales de América. Son espacios para los sustantivos y el movimiento en donde se mezclan el surrealismo y la América de los iconos costumbristas. En términos cinematográficos Collins contribuye con sus poemas, traducidos en fotogramas, al gran cortometraje modernista americano por excelencia que abriría con un perro grande que va husmeando por el jardín de la entrada, encuentra una carretilla roja apoyada en la pared, mea en ella, y al dar la vuelta a la esquina ve el camión de los helados que todos los domingos por la mañana despierta al barrio con su musiquilla. Resopla, medio gruñe y medio ladra. Sale corriendo hacia el vendedor.' (...) 'Su estilo es inconcluso y ecléctico como el jazz pero, por otro lado, doméstico y fiable como unos pantalones vaqueros'.
The Order of the Days
A morning after a week of rain
and the sun shot down through the branches
and into the tall, bare windows.
The brindled cat rolled over on his back,
and I could hear you in the kitchen
grinding coffee beans into a powder.
Everything seemed especially vivid
because I knew we were all going to die,
first the cat, then you, then me
then somewhat later the liquified sun
was the order I was envisioning.
But then again, you never really know.
The cat had a fiercely healthy look,
his coat so bristling and electric
I wondered what you had been feeding him
and what you had been feeding me
as I turned a corner
and beheld you out on the sunny deck
lost in exercise, running in place,
knees lifted high, skin glistening-
and that toothy, immortal smile.
EL ORDEN DE LOS DÍAS
El amanecer tras una semana de llúvia
y el sol penetraban juntos por las ramas
cayendo sobre las altas y desnudas ventanas.
El gato tumbado girándose sobre sí mismo,
y yo que podía oírte en la cocina
moliendo granos de café hasta convertirlos en polvo.
Todo parecía especialmente nítido
porque sabía que todos íbamos a morir,
primero el gato, luego tú, luego yo,
luego un poco más tarde el sol licuado
era el orden que yo preveía.
Pero que en fin, nunca se sabe.
El gato tenía un aspecto ferozmente saludable,
el pelo tan hirsuto y eléctrico
que me preguntaba qué le habías estado dando de comer
y lo que me habías estado dando de comer a mí
mientras daba la vuelta a la esquina
y te contemplaba ahí afuera en la soleada terraza
absorta en el ejercicio, corriendo sobre el terreno,
las rodillas bien arriba, la piel brillante-
y esa sana y casi inmortal sonrisa tuya.
Billy Collins,
Lo malo de la poesía y otros poemas, Bartleby Editores, 2007.